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miércoles, 2 de junio de 2010

La Rebelión de Atlas





¿No has leído LA MEJOR NOVELA JAMÁS ESCRITA?

Un texto de más de 1.000 paginas cuya lectura cambia la visión del mundo. 
Es cierto, es un tratado filosófico (disfrazado de novela), pero imprescindible para comprender lo que esta sucediendo hoy en día. Pone de manifiesto la perversidad del Leviatán -El Estado- pero lo hace a través de un argumento sobre una huelga de emprendedores y una historia de amor, con la trama más compleja, robusta y sólida que jamás he leído y unos personajes que nos atrapan y realmente nos hacen sentir, sufrir y cabrearnos junto a ellos. 

El tratado de Filosofía más ameno jamás escrito.
Una mente privilegiada: Ayn Rand. 




Ludwig von Mises
777 West End Avenue
New York 25, N.Y.

Enero 23, 1958

Señora Ayn Rand
36 East 36 Street
Nueva York, N.Y.

Estimada Sra. Rand;

No soy un crítico profesional y no me siento llamado a juzgar los méritos de una novela. Así que no quiero detenerme con la información de que disfruté mucho leer La Rebelión de Atlas y que estoy lleno de admiración por su magistral construcción de la trama.

Sin embargo, La rebelión de Atlas no es sólo una novela. También es -o mejor digo: primero que todo- un análisis convincente de los males que aquejan a nuestra sociedad, un rechazo justificado de la ideología de los autodenominados "intelectuales" y un desenmascaramiento implacable de la falta de sinceridad de las políticas adoptadas por los gobiernos y los partidos políticos. Se trata de una exposición devastadora de los "caníbales morales", los "gigolós de la ciencia” y de la "charla académica" de los creadores de la "anti-revolución industrial". Usted tiene el coraje de decirle a las masas lo que ningún político les dijo: que ellos son inferiores y que todas las mejoras en las condiciones, que simplemente dan por sentadas, se deben al esfuerzo de hombres mejores que ellos.

Si esto es arrogancia, cómo algunos de sus críticos observan, es una verdad que tenía que ser dicha en esta época del Estado del Bienestar.

La congratulo de corazón y estoy esperando con grandes expectativas su trabajo futuro.

Atentamente,

Ludwig Mises

AYN RAND Y LUDWIG VON MISES. PALADINES DE LA LIBERTAD





A continuación, más abajo, pueden leer dos fragmentos de La Rebelión de Atlas, que vienen como anillo al dedo para describir el nuevo engendro neo-fascista disfrazado de bien común:
Un nuevo sistema económico: "La Economía del bien común" cuyo autor es Christian Felber . 
¿Quien es el "cerdo capitalista" que puede estar en contra de esto, con ese nombre?.
Una aberración genuína y auténticamente nacionalsocialista. 
Dice Felber:
"En la economía real actual se mide el éxito económico con valores o indicadores monetarios como si el producto interior bruto y los beneficios que dejan fuera a los seres humanos y al medio en el que vivimos. Estos indicadores no nos diceen nada sobre si hay guerra, se vive en una dictadura, si sobreexplotamos el medio, si se respetan los derechos humanos, etc. De la misma manera, que una empresa tenga beneficios no nos indica nada sobre las condiciones de sus trabajadores ni sobre lo que produce ni como lo produce"
En esta nueva sociedad -dice su inventor- la nueva empresa integraría en su balance algo más que los beneficios monetarios o sus activos y pasivos monetarios
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¡¡¡ ¿Incorporar al balance de las empresas algo más que activos y pasivos monetarios? !!! ¿está chiflado Christian Felber? ¿No habrá leído este hombre "El Cálculo Económico en un Sistema Socialista" de Ludwig Von Mises?





Bien, Ayn Rand predijo hace varías décadas, como funcionarían las empresas en un esperpéntico orden social similar, que se califica a sí mismo, como dice su autor, Christian Felber, como alternativa tanto al capitalismo como a la economía planificada. 

Son el camino directo al desastre y la miseria como vemos en el siguiente texto.

A continuación dos fragmentos de La Rebelión de Atlas

1º fragmento

—En la fábrica donde estuve trabajando veinte años ocurrió algo extraño. Fue cuando el viejo murió y sus herederos se hicieron cargo de la misma. Eran tres. Dos hijos y una hija, y pusieron en práctica un nuevo plan para dirigir la empresa. Nos dejaron votar sobre el mismo y todo el mundo, o casi todo el mundo, lo hizo favorablemente, porque no sabíamos en realidad de qué se trataba y lo creímos bueno. O mejor dicho, pensamos que se esperaba de nosotros que lo creyésemos bueno. El plan consistía en que todo el mundo trabajara según sus condiciones, siendo pagado de acuerdo con sus necesidades. Nosotros… pero ¿qué le ocurre, señora? ¿Por qué me mira de ese modo?
—¿Cómo se llamaba esa fábrica? —preguntó Dagny con voz apenas perceptible.



Twentieth Century Motor Company

—La «Twentieth Century Motor Company», señora. En Starnesville, Wisconsin.
—Continúe.
—Votamos por el plan en una gran reunión a la que asistimos unos seis mil, es decir, todos cuantos trabajábamos allí. Los herederos Starnes pronunciaron discursos que no resultaron demasiado claros, pero nadie formuló* preguntas. Ninguno estaba seguro de cómo funcionaría aquel plan, pero todos pensábamos que nuestros compañeros sí lo habían comprendido. Si alguien abrigó dudas, no las quiso expresar y se mantuvo en silencio porque quien se opusiera al plan hubiese parecido un forajido al que no era justo considerar humano. Me dijeron que aquel plan significaba la concreción de un ideal muy noble. ¿Cómo íbamos a pensar en lo contrario? ¿No habíamos oído decir durante toda nuestra vida, a nuestros padres y maestros, y a los ministros, y leído en todos los periódicos y visto en todas las películas, y escuchado en todos los discursos públicos que aquello era recto y justo? Quizá nuestra conducta en la reunión pueda resultar comprensible hasta cierto punto. Votamos por el plan, y conseguimos lo previsto. Quienes trabajamos durante los cuatro años del plan en la fábrica de la «Twentieth Century» somos hombres marcados. ¿Qué se supone es el infierno? La maldad, la maldad pura y simple, ¿verdad? Pues bien, eso es lo que vimos allí y lo que ayudamos a construir. Creo que estamos condenados y quizá no se nos perdone nunca…
»¿Sabe cómo funcionó aquel plan y cuáles fueron sus efectos en nosotros? Intente verter agua en un depósito en cuya parte inferior haya un escape por el que se vacía con más rapidez de la que usted lo llena; cada cubo que echa dentro aumenta ese desagüe, ensanchándolo un poco más; cuanto más duramente trabaja, más se le exige, y termina laborando cuarenta horas semanales, luego cuarenta y ocho, luego cincuenta y seis… unas veces para la cena del vecino, otras para la operación de su mujer, otras para el sarampión del niño, o para el sillón de ruedas de su madre o para la camisa de su tío, o la escuela del sobrino, o el niño que ha nacido en la casa de al lado, o el que va a nacer; en fin para cuantos le rodean, y que han de recibirlo todo, desde pañales a dentaduras postizas, mientras uno trabaja desde el amanecer hasta la noche, un mes tras otro y un año tras otro, sin nada más que el propio sudor; sin nada a la vista sino la complacencia de los demás para el resto de su vida, sin descanso, sin esperanza, sin fin… Dé cada uno según sus condiciones; para cada uno de acuerdo con sus necesidades…
»Nos dijeron que formábamos una gran familia, que todos participábamos en la empresa. Pero no todos trabajábamos ante una luz de acetileno diez horas diarias, ni todos padecíamos a la vez un dolor de vientre. ¿Cómo establecer de un modo exacto la habilidad de unos y las necesidades de otros? Cuando todo se hace en común, no es posible permitir que cualquiera decida sobre sus propias necesidades, ¿verdad? Si lo hace, pronto acabará pidiendo un yate, y si sus sentimientos son lo único en que podemos basarnos, hará uso de ellos también. ¿Por qué no? Si no tengo derecho a poseer un automóvil hasta yacer acabado en la sala de un hospital, luego de proporcionar uno de tales automóviles a cada oportunista y a cada salvaje del mundo, ¿por qué no ha de exigirme también un yate, si sigo en pie sin desplomarme al suelo? ¿Por qué no? Y entonces, ¿por qué no exigirme también que prescinda de la nata de mi café, hasta que él se haya pintado su habitación…? ¡Oh, bien!… Acabamos decidiendo que nadie tenía derecho a juzgar sus propias necesidades o sus propias convicciones, y que era mejor votar sobre ello. Sí, señora; votábamos sobre ello en una reunión pública que se celebraba dos veces al año. ¿De qué otro modo hacerlo? ¿Imagina lo que sucedía en semejantes reuniones? Bastó la primera para descubrir que nos habíamos convertido en mendigos, en podridos, gimientes y temblorosos mendigos, porque nadie podía reclamar su salario como una ganancia lícita; nadie tenía derechos ni salarios; su trabajo no le pertenecía; pertenecía a la familia, mientras que ésta nada le debía a cambio, y lo único que podía reclamarle eran sus propias «necesidades», es decir, suplicar en público un alivio a las mismas, como cualquier pobre cuando enumera sus preocupaciones y miserias, desde los pantalones remendados al resfriado de su mujer, esperando que «la familia» le arrojara una limosna. Tenía que declarar sus miserias porque miserias eran y no trabajo lo que se había convertido en moneda de aquel reino. Nos transformamos, pues, en un inmenso grupo de pordioseros, cada uno de los cuales se esforzaba en demostrar que su necesidad era mayor que la de sus hermanos. ¿Qué otra cosa hacer? ¿Quiere saber lo que ocurrió? ¿Qué clase de hombres mantuvieron la calma, sintiéndose avergonzados, y qué clase de ellos se aprovecharon de aquella situación?
»Pero no fue eso todo. En la misma reunión se descubrió otra cosa. El rendimiento de la fábrica había disminuido en un cuarenta por ciento en aquel primer semestre, y se llegó a la conclusión que alguien no había trabajado «de acuerdo con sus condiciones». ¿Quién era? ¿Cómo averiguarlo? La «familia» votó también sobre aquello. Quedó declarado qué hombres eran los mejores, y a éstos se les sentenció a trabajar horas extras cada noche durante los siguientes seis meses. Horas extras sin paga, porque no se pagaba de acuerdo con el tiempo trabajado, ni por la tarea realizada, sino tan sólo por las necesidades.
»¿Quiere que le cuente lo que sucedió después? ¿En qué clase de seres nos fuimos convirtiendo? Empezamos a ocultar nuestras habilidades y conocimientos, a trabajar con lentitud y a procurar no hacer las cosas con más rapidez o mejor que un colega. ¿Cómo obrar de otro modo, cuando sabíamos que rendir al máximo para «la familia» no significaba que fueran a damos las gracias ni a recompensarnos, sino recibir castigos? Como sabíamos que si un sinvergüenza estropeaba un grupo de motores, originando gastos a la compañía, ya fuese por descuido o por incompetencia total, seríamos nosotros quienes pagáramos con horas extraordinarias y con trabajo los domingos, hicimos lo posible para no sobresalir en ningún aspecto.
^Recuerdo a un joven que empezó todo aquello lleno de ardor ante el noble ideal; un muchacho brillante, sin estudios, pero con una inteligencia asombrosa. El primer año ideó un plan de trabajo que nos ahorró miles de horas-hombres y lo entregó a «la familia», sin pedir nada a cambio, aunque tampoco hubiera podido hacerlo. Se portó bien. Obraba por un ideal. Pero cuando en una votación lo declararon el más inteligente de todos, y lo sentenciaron a trabajar de noche, porque no habíamos conseguido extraerle aún lo suficiente, cerró la boca y el cerebro. Le aseguro que el segundo año no salió con ninguna idea nueva.
»¿Dónde quedaba todo cuanto nos estuvieron diciendo acerca de la desleal competición del sistema de ganancias, de acuerdo con el cual los hombres debían contender por conseguir mejores empleos que sus colegas? Aquellas personas debieron haber visto lo que ocurre cuando todos competen entre sí para trabajar lo peor posible. No existe medio más seguro para destruir a un hombre que obligarle a un puesto en el que no sólo se siente deseo alguno de mejorar, sino que, por el contrario, día tras día se esfuerza en cumplir peor sus obligaciones. Dicho sistema acaba con él mucho antes que la bebida o el ocio, o el vivir a salto de mata. Pero no podíamos hacer otra cosa, excepto sentir una incapacidad total. La acusación que más temíamos era la de resultar sospechosos de habilidad o diligencia. Era una especie de hipoteca sobre nosotros mismos que nunca podríamos liquidar. ¿Para qué esforzarnos? Sabíamos que el elemento básico se nos entregaría del mismo modo, tanto si nos esforzábamos como si no. Se la llamaba «asignación para casa y comida». No podíamos planear la compra de un traje nuevo al año siguiente porque quizá nos entregaran una «asignación para ropas» o quizá no. Dependía de si alguien se rompía una pierna, necesitaba una operación o traía al mundo más niños. Y si no había dinero suficiente para adquirir ropas nuevas para todos, tampoco lo habría para uno en particular.
»Recuerdo a cierto hombre que había trabajado duramente toda su vida porque siempre deseó que su hijo estudiara. El muchacho se graduó en el Instituto durante el segundo año del plan, pero «la familia» no quiso entregar al padre ninguna asignación para que continuara. Dijeron que su hijo no podía estudiar a menos de que estudiasen todos. Y no había suficiente dinero para ello. El padre murió al año siguiente, en una riña con otro en un bar. Una pelea sobre nada de particular, en la que salieron a relucir navajas. Semejantes altercados se iban haciendo muy frecuentes entre nosotros.
»Había un viejo viudo y sin familia que tenía una afición: los discos fonográficos. Creo que era todo cuanto pudo conseguir de la vida. En otros tiempos solía escatimar sus comidas para poder comprar algún nuevo disco de música clásica. Pues bien; no le dieron asignación para discos por considerarlo «un lujo personal». Durante la misma reunión, una muchacha llamada Millie Bush, fea y desagradable, de dieciocho años, consiguió un par de soportes de oro para sus dientes de oveja, porque aquello constituía una «necesidad médica» según el psicólogo que la visitó. Dicho especialista dijo que la pobre se vería agobiada por un complejo de inferioridad muy acusado si sus dientes no eran objeto de aquella reforma. El viejo amante de la música se dio a la bebida, hasta tal punto que rara vez lo veíamos sereno. Pero había algo que no podía olvidar completamente. Cierta noche, mientras bajaba haciendo eses por la calle, vio a Millie Bush y empezó a darle puñetazos hasta dejarla sin un diente. Sin uno solo.
»La bebida era lo único que nos proporcionaba algún consuelo y todos nos aficionamos a ella en mayor o menor grado. No pregunte de dónde sacábamos el dinero. Cuando todos los placeres decentes quedan prohibidos, existen siempre medios de, utilizar los perniciosos. No se entra en un establecimiento luego de esperar a que sea de noche ni se registran los bolsillos de un compañero para comprar sinfonías clásicas o para adquirir aparejos de pesca, sino para emborracharse y olvidar. ¿Aparejos de pesca? ¿Escopetas de caza? ¿Cámaras fotográficas? ¿Aficiones de este tipo? No existían asignaciones para ello.
»La «diversión» fue lo primero que quedó descartado. Se dio por descontado que uno se avergonzaría al pretender no renunciar a algo que le proporcionara placer. Nuestra «asignación para tabaco» quedó reducida a dos paquetes mensuales, porque, según dijeron, el dinero debía emplearse en el fondo para leche infantil. La producción de niños fue la única que no disminuyó, sino que, por el contrario, se hizo cada vez mayor. La gente no tenía otra cosa que hacer y, por otra parte, no habían de preocuparse de nada, puesto que los niños no eran una carga para ellos, sino para «la familia». En realidad, la mejor posibilidad para obtener un respiro durante algún tiempo, era una «asignación infantil». O una enfermedad grave.
»No tardamos en darnos cuenta de cómo funcionaba aquello. Quien quisiera jugar limpio, tenía que privarse de todo. Perdimos el gusto hacia los placeres; aborrecimos fumar o masticar goma, preocupados siempre por si alguien necesitaba aquellas monedas más que nosotros. Nos avergonzaba la comida que tragábamos, preguntándonos quién la habría pagado con sus horas extraordinarias. Sabíamos que aquella comida no era nuestra por derecho propio y preferíamos ser engañados antes que engañar. Podíamos ser unos aprovechados, pero no hasta el punto de chupar la sangre a otro. Nadie se casaba ni ayudaba a los suyos en el hogar, ni quería constituir una nueva carga para «la familia». Quien conservara cierto sentido de la responsabilidad, no podía casarse y tener hijos, puesto que no le era posible planear, prometer, ni contar con nada. Los desorientados y los irresponsables se aprovecharon de ello. Trajeron niños al mundo, provocaron conflictos con muchachas, y arrastraron tras sí a todos los indignos parientes que tenían por el país, y a cada hermana encinta y sin casar con el fin de obtener «subsidios por necesidad urgente». Contrajeron más enfermedades de las que cualquier doctor podía atender. Estropearon sus ropas, sus muebles y sus casas, pero ¡qué importa! «La familia» pagaba por ellos. Encontraron más modos de contraer necesidades de lo que nadie hubiera podido imaginar. Desarrollaron una habilidad especial, la única de que se mostraron capaces.
»¡El cielo nos asista, señora! ¿Se da usted cuenta de lo que sucedió? Se nos había dado una ley de acuerdo con la cual vivir y que llamaban ley moral; pero castigaban a quienes la observaban. Cuanto más tratábamos de vivir de acuerdo con la misma, más sufríamos; cuanto más nos burlábamos de ella, mayores recompensas obteníamos. La honradez era como una herramienta puesta a merced de la maldad ajena. Los honrados pagaban, mientras los deshonestos recogían. El honrado perdía y el malvado ganaba. ¿Cuánto tiempo puede un hombre permanecer bueno con semejante ley? Cuando empezamos, éramos gentes decentes y felices. No existía entre nosotros demasiada gente ruin. Conocíamos bien nuestra tarea, nos sentíamos orgullosos de ella, y trabajábamos para la mejor fábrica del país, propiedad del viejo Starnes, que sólo admitía a lo más selecto de la clase obrera. Al cabo de un año de regir el nuevo plan, no quedaba entre nosotros ni una persona decente. Aquello sí era maldad; la clase de horrible e infernal maldad con la que los predicadores solían asustamos, pero que uno nunca imaginó existiera. El plan no favoreció a unos cuantos bastardos, sino que volvió a la gente decente en bastardos, sin que se pudiera obrar de otra manera… I y a eso se le llamó ideal moral!
»¿Con qué propósito querían que deseáramos trabajar? ¿Por amor a nuestros hermanos? ¿Qué hermanos? ¿Para los aprovechados, los sinvergüenzas, los holgazanes que veíamos a nuestro alrededor? Si eran unos charlatanes y unos incompetentes, si no querían trabajar o estaban incapacitados para ello, ¿qué nos importaba a nosotros? Si quedábamos reducidos para toda la vida al nivel de su capacidad, fingida o real, ¿para qué preocupamos? No teníamos medio alguno para saber cuáles eran sus condiciones verdaderas; carecíamos de medios para controlar sus necesidades. Todo cuanto sabíamos era que estábamos convertidos en bestias de carga, contendiendo ciegamente, en un lugar medio hospital, medio almacén, sin marchar hacia ningún objetivo, aparte de la incompetencia, el desastre y las enfermedades. Éramos bestias colocadas allí como instrumentos de quien quisiera dictaminar las necesidades de otro.
»¿Amor fraternal? Es allí donde aprendimos a aborrecer a nuestros hermanos por vez primera en nuestra vida. Los odiábamos por todas las comidas que ingerían, por los pequeños placeres de que disfrutaban, por la nueva camisa de uno, por el sombrero de la esposa de otro, por una excursión familiar, por la pintura de su casa. Porque todo aquello nos era arrebatado a nosotros; era pagado con nuestras privaciones, nuestras renuncias y nuestra hambre. Empezamos a espiamos unos a otros, con la esperanza de sorprendemos en alguna mentira acerca de nuestras necesidades y disminuir las asignaciones en la próxima reunión. Y empezamos a servimos de otros espías, que informaban acerca de los demás, revelando, por ejemplo, si alguien había comido pavo el domingo, posiblemente pagado con el producto del juego. Empezamos a metemos en las vidas ajenas, provocamos peleas familiares para lograr la expulsión de algún intruso. Cuando veíamos a alguien hablando en serio con una chica, le hacíamos la vida imposible. De este modo dimos al traste con numerosos compromisos matrimoniales. No queríamos que nadie se casara, no queríamos más gente a la que alimentar.
»En los viejos tiempos, el nacimiento de un niño era celebrado con entusiasmo; por regla general ayudábamos a las familias apuradas a pagar sus facturas de clínica. Ahora, cuando nacía un niño, estábamos varías semanas sin dirigir la palabra a sus padres. Para nosotros, los niños venían a ser lo que la langosta para los agricultores. En otras épocas ayudábamos a quien tuviera enfermos en su casa; ahora… Voy a contarle un solo caso. Tratábase de la madre de un hombre que llevaba con nosotros quince años. Una anciana afable, alegre e inteligente, que nos llamaba por nuestros nombres de pila, y con la que todos simpatizábamos. Cierto día se cayó por la escalera del sótano, rompiéndose la cadera. Sabíamos lo que ello significaba, a su edad. El médico dijo que tenía que ser internada en una clínica a fin de someterla a un tratamiento costoso que se prolongaría bastante tiempo. La anciana murió la noche antes de abandonar su casa. Nunca se pudo establecer la causa del fallecimiento. No sé si fue asesinada. Todo cuanto sé es que… y esto es lo que no puedo olvidar… es que yo también deseé que muriera. ¡Que Dios nos perdone! Tal era la hermandad, la seguridad, la abundancia que el plan nos procuraba.
»¿Qué motivo existió para que esta clase de horror tuviera que ser predicado? ¿Sacó alguien provecho del mismo? Sí. Los herederos Starnes. No vaya usted a replicar que sacrificaron una fortuna y que nos entregaron la fábrica como regalo, porque también en esto sufrimos un engaño. Sí; entregaron la fábrica, pero los beneficios, señora, dependen de aquello que se quiere conseguir. Y lo que los Starnes querían no podía comprarse con ningún dinero. El dinero es demasiado limpio e inocente para ello.
»El más joven, Eric Starnes, era una especie de medusa, sin valor ni energía. Fue, elegido por votación, director del Departamento de Relaciones Públicas. No hacía nada y tenía a sus órdenes a un personal ocioso; por tal motivo no le era preciso siquiera holgazanear por la oficina. La paga que se le satisfacía, en realidad no debería llamarla así, porque no se «pagaba» a nadie, la asignación que se votó para él era muy modesta, cosa de diez veces mayor que la mía; pero a Eric no le importaba el dinero, porque no hubiera sabido qué hacer con él. Pasaba el tiempo entre nosotros, demostrándonos su compañerismo y su espíritu democrático. Le encantaba que la gente le demostrase afecto. Su mayor empeño consistía en recordarnos a cada instante que nos habían dado la fábrica. Llegamos a no poder soportarlo.
»Gerald Starnes era nuestro director de producción. Nunca pudimos averiguar el volumen total de sus ganancias. Hubiéramos necesitado todo un equipo de contables. Y un equipo de ingenieros para saber de qué modo todo aquel dinero pasaba directa o indirectamente a su despacho. Sin embargo, nada figuraba como beneficio particular, sino como medios con los que pagar los gastos de la compañía. Gerald tenía tres automóviles, cuatro secretarias y cinco teléfonos, y solía celebrar fiestas a base de champaña y caviar, que ningún gran industrial que pagara impuestos podía permitirse. Gastó más dinero en un año que el ganado por su padre en los dos últimos de su vida. En su despacho encontramos un montón de cuarenta kilos de revistas, llenas de artículos sobre nuestra fábrica y nuestro noble plan, con grandes retratos de Gerald Starnes, en los que se le llamaba «cruzado social». Por la noche le gustaba entrar en las tiendas vestido de etiqueta, con gemelos de brillantes, del tamaño de monedas, desparramando la ceniza de su puro por doquier. Un rico vulgar, sin otra cosa que exhibir aparte de su dinero, ya es un tipo desagradable; pero al menos no se recata de demostrarlo y uno puede contemplarlo con la boca abierta si lo desea, aunque en la mayoría de los casos no suceda así. Pero cuando un bastardo como Gerald Starnes se exhibe de ese modo y declara una y otra vez que no le preocupa la riqueza material y que sólo sirve a «la familia», que todos aquellos lujos no son para él sino en beneficio del bien común porque es preciso mantener el prestigio de la compañía y del noble plan de la misma… entonces es cuando uno aprende a aborrecer a esos seres como nunca se ha aborrecido a ningún semejante.
»Su hermana Ivy era peor. A ésta no le importaba verdaderamente la riqueza material. La asignación que recibía no era mayor que la nuestra, y siempre iba con zapatos planos y simples faldas y camisas, con el fin de demostrar su indiferencia. Tenía el cargo de directora de Distribución. Era la encargada de nuestras necesidades; la que, en realidad, nos tenía aferrados por la garganta. Se suponía que la distribución se ejercía por voto: por la voz del pueblo; pero cuando dicho pueblo 'posee seis mil roncas voces que tratan de decidir sin rasero ni medida, cuando no existen reglas y cada uno puede pedir lo que quiera sin tener derecho a nada, cuando cada cual ejerce derecho sobre la vida ajena pero no sobre la suya, se acaba como sucedió allí, con que la voz del pueblo acabó siendo la de Ivy Starnes. Al finalizar el segundo año abandonaron aquella farsa de las «reuniones de familia» en favor de la «eficacia productora y de la economía de tiempo», que solían durar diez días, y todas las peticiones fueron enviadas simplemente al despacho de Miss Starnes. Mejor dicho, debían ser expresadas ante ella en persona, por cada peticionario. Entonces elaboraba una lista de distribución que nos leía, para su aprobación, en una reunión que duraba tres cuartos de hora. Siempre votábamos afirmativamente. En el orden del día figuraba un período de diez minutos para la discusión y las objeciones. Pero no formulábamos ninguna. Habíamos aprendido mucho. Nadie puede dividir la renta de una fábrica entre miles de obreros, sin un rasero o norma con que medir el valor de cada cual. El de Miss Ivy era la sumisión y la obsequiosidad ajenas. ¿Egoísmo? En los tiempos del fundador de la empresa todo el dinero de éste no le hubiera permitido hablar al tipo más bajo como ella hablaba a nuestros más hábiles obreros y a sus esposas. Tenía unos ojos pálidos, que miraban vidriosos, fríos y muertos. Si se quería tener noción de la maldad total, bastaba con observar cómo resplandecían al ver en la lista el nombre de alguien que en cierta ocasión le hubiera contestado airadamente. Al observar aquello, comprendíamos el motivo real de quienes en otros tiempos predicaron el slogan: «Dé cada cual según su habilidad; a cada cual según sus necesidades».
»Allí residía el secreto de todo. Al principio no cesaba de preguntarme cómo era posible que hombres educados, justos y famosos, pudieran cometer un error semejante y predicar como buena tal abominación, cuando cinco minutos de reflexión les hubieran indicado lo que sucedería caso de que alguien pusiera en práctica semejantes ideas. Pero ahora comprendo que no obraron así por error, porque errores de este género no se cometen nunca de manera inocente. Si los hombres se hunden en alguna forma de locura, imposible de llevar a la práctica con buenos resultados, ni existiendo, además, razón que la explique, es porque tienen motivos que no quieren revelar. Nosotros no éramos tampoco tan inocentes cuando votamos en favor del plan, en la primera reunión. No lo hicimos sólo porque creyéramos que la directriz fuera buena. Teníamos otra razón, pero la ocultamos a nuestros semejantes y a nosotros. La directriz nos daba una posibilidad de hacer pasar como virtud algo de lo que nos hubiéramos avergonzado. No existió nadie que votara por la misma y que no pensara que bajo una organización de tal clase participaría en los beneficios de quienes eran más diestros que él. Nadie se consideró lo bastante rico y listo para no creer que alguien lo sobrepasaría. Gracias al plan participaría de la riqueza y de la inteligencia ajenas. Pero pensando conseguir beneficios de quienes estaban por encima de él, se olvidó de que había seres inferiores que también opinaban igual. Se olvidó de los inferiores que tratarían de explotarle del mismo modo que él pensaba explotar a sus superiores. El obrero encariñado con la idea de que sus necesidades le daban derecho a un automóvil como el de su jefe, olvidó que todo pordiosero y vagabundo de la tierra empezaría a clamar que las suyas le daban opción a un frigorífico. Ese fue nuestro motivo real cuando votamos. Tal es la verdad; pero no nos gustaba recordarlo, y cuanto más lo lamentábamos, más alto gritábamos nuestro amor hacia el bien común.
»Conseguimos lo que nos habíamos propuesto. Pero cuando nos dimos cuenta de lo que aquello representaba, era demasiado tarde. Estábamos atrapados y no podíamos ir a ningún sitio. Los mejores de entre nosotros abandonaron la fábrica en la primera semana del plan. Así perdimos excelentes ingenieros, superintendentes, capataces y obreros especializados. Todo aquel que se respeta no gusta de verse convertido en vaca lechera de la comunidad. Algunos intentaron impedir el proyecto, pero no lo consiguieron. Los hombres huían de la fábrica como de un núcleo de infección, hasta que no quedaron más que los necesitados, sin habilidad ni condiciones.
»Si algunos de nosotros, dotados de ciertas cualidades, optamos por quedarnos, fue porque llevábamos allí muchos años. En los viejos tiempos, nadie abandonó voluntariamente la «Twentieth Century» y no podíamos ha—.cernos a la idea de que aquellas condiciones no existieran ya. Transcurrido algún tiempo nos fue imposible marcharnos, porque ningún otro empresario nos habría admitido, cosa natural. Los dueños de las tiendas donde comprábamos empezaron a abandonar Starnesville a toda prisa, hasta que no nos quedaron más que los bares, las salas de juego y los tenderetes de algunos aprovechados, que nos vendían bazofia a precios abusivos. Nuestras asignaciones fueron perdiendo valor conforme el coste de la vida aumentaba. La lista de los necesitados se fue alargando, al' tiempo que la de sus proveedores se acortaba. Cada vez era menor la riqueza a dividir entre más y más gente. En los viejos tiempos solía decirse que la «Twentieth Century Motors» era una marca tan buena como el oro. No sé qué pensarían los herederos Starnes si es que pensaban algo; pero tengo la impresión de que, igual que todos los planeadores sociales y los industriales insensatos, estaban convencidos de que aquella marca era en sí misma una especie de emblema mágico dotado de un poder sobrenatural que los mantendría ricos, igual que a su padre. Pero cuando nuestros clientes empezaron a notar que no servíamos un pedido a tiempo, ni entregábamos un motor que no tuviera un fallo, el mágico emblema empezó a operar en sentido contrario: la gente no aceptaba un motor ni regalado si llevaba la marca «Twentieth Century». Llegó un momento en que nuestros ¡micos clientes fueron los que nunca pagaban ni pensaban pagar; pero Gerald Starnes, embrutecido y engreído por su propia publicidad, empezó a ir de un lado para otro con aire de superioridad moral, exigiendo que los industriales nos pasaran pedidos, no porque nuestros motores fueran buenos, sino porque los necesitábamos urgentemente.
»Por aquel entonces, cualquier tonto de pueblo hubiera visto claramente lo que generaciones de profesores pretendieron no observar. ¿Qué beneficios podría reportar nuestra necesidad a una central eléctrica, por ejemplo, si sus generadores se detenían a causa de un defecto en nuestras máquinas? ¿Qué beneficio reportaría a un hombre tendido en una mesa de operaciones, si, de pronto, se apagaba la luz? ¿Qué bien haría a los pasajeros de un avión si el motor fallaba en pleno vuelo? Y si adquirían nuestros productos no a causa de su mérito sino obligados por nuestra necesidad, ¿la acción moral del propietario de la central eléctrica, del cirujano y del fabricante del avión seria buena, justa y noble?
»Sin embargo, tal era la ley que profesores, directivos y pensadores habían querido establecer en la tierra. Si esto es lo que ocurría en una pequeña ciudad donde todos nos conocíamos, ¿imagina lo que hubiera representado en una escala mundial? ¿Imagina lo que hubiera ocurrido si hubiéramos tenido que vivir y trabajar sujetos a todos los desastres y a todos los inconvenientes de la tierra? Trabajar pensando en que si alguien fallaba en un lugar cualquiera, era uno quien debería solucionar el conflicto. Trabajar sin posibilidad alguna de progreso personal; con las comidas, los vestidos, el hogar y las distracciones pendientes de una estafa, una crisis de hambre o una peste en cualquier lugar del mundo. Trabajar sin posibilidades de una ración extra, hasta que los habitantes de Camboya tuvieran alimento suficiente o hasta que todos los patagones hubieran pasado por la Universidad. Trabajar con un cheque en blanco, exhibido por hombres a los que usted nunca vería, cuyas necesidades no conocería, cuya laboriosidad, pereza o mala fe no podría usted observar nunca. Tan sólo trabajar, trabajar y trabajar, dejando que las Ivys o los Geralds del mundo decidieran qué estómagos habrían de consumir el esfuerzo, los sueños y los días de vuestra vida. ¿Era aquélla la ley moral a aceptar? ¿Aquél un ideal moral?
»Lo intentamos y aprendimos la lección. Nuestra agonía duró cuatro años, desde la primera reunión hasta la última, y todo terminó del único modo que podía terminar: en la ruina total. Durante la última reunión, Ivy Starnes fue la única que intentó forcejear un poco. Pronunció un corto, desagradable y agresivo discurso en el que dijo que el plan había fracasado porque el resto del país no lo aceptó; que una sola comunidad no podía llevarlo a la práctica y triunfar en medio de un mundo egoísta y avaro; que el plan era un ideal noble, pero que la naturaleza humana no estaba a la altura del mismo. Un joven, el mismo castigado por habernos dado una idea útil durante el primer año, se puso en pie, mientras todos seguíamos sentados en silencio, y dirigióse a Ivy Starnes, que ocupaba el estrado. No dijo nada. Le escupió en la cara. Y éste fue el fin del noble plan de la "Twentieth Century".»
El desconocido había estado hablando como si el fardo de sus años de silencio se hubiese desprendido repentinamente de sus hombros. Dagny comprendió que era su tributo hacia ella. No había demostrado reacción alguna ante su amabilidad; pareció insensible a los valores humanos o a la esperanza, pero algo en su interior había quedado al descubierto y la respuesta era su confesión; aquel largo y desesperado grito de rebelión contra la injusticia, retenido durante años y expresado ahora en reconocimiento a la primera persona frente a la cual su llamamiento a la justicia no resultaba vano. Era como si la vida a la que había estado a punto de renunciar hubiera vuelto a su ser, gracias a dos necesidades esenciales satisfechas: la comida y la presencia de un ser racional.
—Pero ¿no iba a hablarme de John Galt? —preguntó Dagny.
—¡Oh! —exclamó él, recordando—. ¡Oh, sí!…
—Iba a explicarme por qué la «gente» había empezado a formularse la famosa pregunta.
—Sí.
Miraba hacia la lejanía como si contemplara algo que, luego de estudiar durante años, siguiera invariable y sin solucionar. En su cara se pintaba una extraña e intrigante expresión de terror.
—Pensaba contarme a qué John Galt se referían… si es que existió.
—Confío en que no, señora. Quiero decir, confío en que se trate sólo de una coincidencia, tan sólo de una frase sin significado.
—Recuerda usted algo, ¿verdad? ¿De qué se trata?
—De algo… de algo sucedido en la primera reunión de la «Twentieth Century». Tal vez se tratara del principio del fin. O tal vez no. No lo sé… Aquella reunión se celebró cierta noche de primavera, hace doce años. Seis mil de nosotros nos aglomerábamos en unos grádenos que se elevaban hasta casi el techo de la mayor nave de la fábrica. Acabábamos de votar por el nuevo plan y nos sentíamos muy nerviosos. Armábamos mucho ruido, vitoreando el triunfo del pueblo, amenazando a ciertos desconocidos enemigos y ansiosos de lucha, igual que matones con la conciencia intranquila. Estábamos iluminados por potentes luces blancas, y nos sentíamos enérgicos y susceptibles. Una muchedumbre de feo aspecto, realmente peligrosa. Gerald Starnes, que presidía la reunión, no cesaba de golpear la mesa con su maza, imponiendo silencio. Nos tranquilizamos un poco, pero no mucho. Podían observarse los movimientos de la muchedumbre como una marea, como agua agitada en un recipiente. «¡Estamos viviendo momentos cruciales en la historia de la Humanidad! —gritó Gerald Starnes sobreponiéndose al barullo—. Recordad que a partir de ahora ninguno de nosotros puede abandonar esta fábrica, porque todos nos pertenecemos mutuamente, según la ley moral que acabamos de aceptar.» «¡Yo no la acepto!», exclamó un hombre poniéndose en pie. Era uno de nuestros más jóvenes ingenieros. Nadie le conocía demasiado porque casi siempre se mantuvo aislado del resto. Al decir aquello, nos quedamos como petrificados. Nos asombró el modo en que mantenía erguida la cabeza. Era alto y delgado, y recuerdo haber pensado que cualquiera de nosotros le habría retorcido el pescuezo sin dificultad. Pero, no obstante, sentimos miedo.
»Permanecía en pie, como quien está convencido de su derecho. «Voy a poner fin a todo esto de una vez para siempre», dijo. Su voz sonaba clara, sin inflexión alguna. Fue todo cuanto dijo y dirigióse a la salida. Caminó a lo largo de la nave, bajo la blanca claridad, sin apresurarse y sin fijarse en nadie. Ninguno se atrevió a detenerlo. Gerald Starnes gritó de repente: «¿Cómo ha dicho?» El joven se volvió y contestóle: «Detendré el motor del mundo». Salió, y nunca más hemos vuelto a verle, ni hemos sabido de él. Pero años más tarde, cuando notamos cómo se iban apagando las luces, una tras otra, en las grandes fábricas que durante generaciones se mantuvieron sólidas como montañas, cuando vimos cerrarse las puertas y detenerse las cintas transportadoras, cuando las carreteras fueron quedando vacías y cesó la corriente de vehículos, cuando empezó a parecer como si una silenciosa fuerza inmovilizara los generadores que mueven el mundo y éste se fuera desplomando en silencio, como un cuerpo privado de espíritu… empezamos a reflexionar y a formularnos preguntas acerca de aquel joven; Nos preguntábamos unos a otros acerca de lo que le habíamos oído decir. Empezamos a pensar que había mantenido su palabra y que quien había visto y conocido la verdad que nosotros rehusábamos, constituía ahora el castigo que pendía sobre nuestras cabezas; era el vengador, el hombre que imponía la justicia desafiada por nosotros.
»Empezamos a pensar que aquel hombre nos había maldecido, que no teníamos escapatoria para su veredicto y que jamás lograríamos escapar a él. Todo aquello resultaba todavía más horrible porque no nos perseguía, sino que éramos nosotros quienes de repente lo andábamos buscando, luego de desaparecer sin dejar huella. No lo encontramos en ningún lugar. ¿Gracias a qué imposible fuerza había podido realizar lo que anunció? Pero tampoco había respuesta para esto. Nos acordábamos de él cada vez que presenciábamos un nuevo colapso en el mundo, que nadie podía explicar; cuando recibíamos un nuevo golpe, cuando perdíamos otra esperanza, cada vez que nos veíamos atrapados en esa niebla gris y mortecina que ha descendido sobre toda la tierra. Quizá algunos, al oírnos gemir formulándonos semejante pregunta, no supieran a qué nos referíamos, pero lo que no ignoraban eran los sentimientos que nos obligaban a ella. También estas personas sabían que algo acababa de desaparecer en el mundo. Tal vez por ello empezaron a pronunciar la frase cuando veían venirse abajo sus esperanzas. Me gusta pensar que pude equivocarme, que aquellas palabras no significaban nada, que no existe intención consciente ni afán vengador tras el final de la raza humana que estamos viviendo. Pero cuando les oigo repetir la frase tengo miedo, y me acuerdo del hombre que anunció detener el motor del mundo. Porque se llamaba John Galt, ¿sabe usted?»


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2º fragmento

El Decreto 10-289


—En nombre de la riqueza general —leyó Wesley Mouch —y a fin de proteger la seguridad pública y conseguir una total igualdad y absoluta estabilidad, se decreta lo que sigue, para el período de duración del estado de urgencia nacional:
«Punto primero: Todos los trabajadores, asalariados y empleados de cualquier clase quedarán, a partir de ahora, sujetos a su tarea y no podrán abandonarla, ni ser despedidos, ni cambiar de empleo, bajo pena de prisión. Dicha pena quedará determinada por la Oficina de Unificación. Dicha oficina será nombrada por la Oficina de Planificación Económica y Recursos Nacionales. Toda persona que haya cumplido veintiún años deberá presentarse a la Oficina de Unificación, quien le asignará el lugar donde a su entender sus servicios sirvan mejor los intereses nacionales.
»Punto segundo: Todos los establecimientos industriales o comerciales, o los negocios de cualquier naturaleza, deberán, a partir de ahora, seguir funcionando y sus propietarios no se retirarán, ni abandonarán, ni cerrarán, venderán o transferirán sus negocios, bajo pena de la nacionalización de sus industrias y de sus propiedades…»
Punto tercero: Todas las patentes y copyrights pertenecientes a aparatos, invenciones, fórmulas, procesos de trabajo y tareas de cualquier otra naturaleza, serán transferidos a la nación como entrega patriótica de urgencia, por medio de certificados de entrega que serán firmados voluntariamente por los propietarios de dichas patentes y copyrights. La Oficina de Unificación expenderá licencias para el uso de tales patentes y copyrights a quienes las soliciten, de manera igual y sin discriminación, con el fin de eliminar prácticas monopolísticas, desechar productos anticuados y poner los mejores al alcance de la nación. No se usarán marcas, sellos ni títulos protegidos por algún copyright. Todos los productos anteriormente patentados serán conocidos por un nuevo nombre y vendidos por todos los fabricantes bajo la misma denominación, designada por la Oficina de Unificación. Todas las marcas de fábrica particulares, sellos y emblemas quedarán abolidos.
»Punto cuarto: Ningún nuevo aparato, invento, producto o género de cualquier naturaleza que no se halle actualmente en el mercado, será producido, inventado, fabricado o vendido a partir de la fecha de esta directriz. Queda abolida la Oficina de Patentes y Copyrights.
»Punto quinto: Todo establecimiento, organización, corporación o persona dedicados a la producción de cualquier producto, deberá, a partir de ahora, producir anualmente la misma cantidad de géneros que durante el Año Básico; ni superior ni inferior. El año conocido como Básico o Patrón será el que finalice la fecha de esta directriz. El exceso o el defecto de producción serán objeto de multas que quedarán determinadas por la Oficina de Unificación.
»Punto sexto: Toda persona, cualquiera que sea su edad, sexo, clase o volumen de ingresos, deberá, a partir de ahora, gastar anualmente en la compra de géneros la misma cantidad de dinero que en el Año Básico; ni superior ni inferior. Un volumen de compras que no se atenga a ello será sancionado de acuerdo con lo que determine la Oficina de Unificación.
»Punto séptimo: Todos los salarios, precios, dividendos, beneficios, intereses y formas de ingreso de cualquier naturaleza quedarán congelados en sus cifras actuales, es decir, en las de la fecha de esta directriz.
»Punto octavo: Todos los casos y situaciones no específicamente mencionados en esta directriz, serán solucionados y determinados por la Oficina de Unificación, cuyas decisiones deberán considerarse concluyentes.»


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*Edito el post para añadir este reciente video (mayo 2015)

Discurso de John Galt






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