(Ludwig Von Mises)
Destruccionismo como concepto político fue acuñado por
Ludwig Von Mises en la parte final de su obra “Socialismo (1922)”.
Despues de haber demostrado, a lo largo de todo el texto, la imposibilidad teórica y practica de ese sistema basado en el control de los medios de producción, si no hay nada positivo que hacer, ningún plan real para lograr algo socialmente beneficioso, y debido al error intelectual de la idea original, los proponentes deben, bien abandonar la teoría, o bien encontrar satisfacción o beneficio personal en la demolición de la sociedad tal como existe actualmente.
El libro fue publicado hace casi 100 años. Sin embargo hoy, la práctica de esta ideología está más presente que nunca.
Jeffrey A. Tucker, con motivo de la crítica al film Joker, ha actualizado su definición. La ideología del destruccionismo permite a una persona racionalizar que el mal y la destrucción, al menos de alguna forma, está preparando el terreno para un mejor estado de la sociedad en el futuro. Tucker encuadra el destruccionismo como la segunda etapa de cualquier visión ideológica inalcanzable de cómo debería ser la sociedad enfrentada a una realidad que se niega obstinadamente a conformarse con esa visión ideológica.
Cuando hay un conflicto fundamental entre una visión y la realidad, solo se resolverá mediante la creación de caos y sufrimiento.
"En nuestros tiempos, los medios y la política nos atormentan con visiones insanas de cómo debería funcionar la sociedad. No debería sorprendernos cuando estos visionarios finalmente se enojan, luego deshumanizan a sus oponentes y por último traman planes para derribar lo que existe solo por el gusto de hacerlo. Ese «lo que existe» podría ser el comercio mundial, el consumo de energía, la diversidad, la elección humana en general, la existencia de los ricos"..... El destruccionismo, afirma Tucker, demuestra ser eficientemente convincente para los movimientos populistas que están ansiosos por aniquilar a sus enemigos y golpear a las fuerzas que se interponen en su reafirmación de poder.
Despues de haber demostrado, a lo largo de todo el texto, la imposibilidad teórica y practica de ese sistema basado en el control de los medios de producción, si no hay nada positivo que hacer, ningún plan real para lograr algo socialmente beneficioso, y debido al error intelectual de la idea original, los proponentes deben, bien abandonar la teoría, o bien encontrar satisfacción o beneficio personal en la demolición de la sociedad tal como existe actualmente.
El libro fue publicado hace casi 100 años. Sin embargo hoy, la práctica de esta ideología está más presente que nunca.
Me sorprendió por su excesivo pesimismo
cuando lo leí por primera vez. Sin embargo,
cuando lo leí por primera vez. Sin embargo,
al volverlo a leer, me sobrecoge más su
clarividencia que su pesimismo. (Hayek 1978)
clarividencia que su pesimismo. (Hayek 1978)
Jeffrey A. Tucker, con motivo de la crítica al film Joker, ha actualizado su definición. La ideología del destruccionismo permite a una persona racionalizar que el mal y la destrucción, al menos de alguna forma, está preparando el terreno para un mejor estado de la sociedad en el futuro. Tucker encuadra el destruccionismo como la segunda etapa de cualquier visión ideológica inalcanzable de cómo debería ser la sociedad enfrentada a una realidad que se niega obstinadamente a conformarse con esa visión ideológica.
Cuando hay un conflicto fundamental entre una visión y la realidad, solo se resolverá mediante la creación de caos y sufrimiento.
"En nuestros tiempos, los medios y la política nos atormentan con visiones insanas de cómo debería funcionar la sociedad. No debería sorprendernos cuando estos visionarios finalmente se enojan, luego deshumanizan a sus oponentes y por último traman planes para derribar lo que existe solo por el gusto de hacerlo. Ese «lo que existe» podría ser el comercio mundial, el consumo de energía, la diversidad, la elección humana en general, la existencia de los ricos"..... El destruccionismo, afirma Tucker, demuestra ser eficientemente convincente para los movimientos populistas que están ansiosos por aniquilar a sus enemigos y golpear a las fuerzas que se interponen en su reafirmación de poder.
El Destruccionismo hoy se desenvuelve en la ideología neo-socialista de
aquellos (SJW) que, disfrazados de ecologistas salvadores del planeta, defensores de todos los oprimidos de la tierra, luchadores acérrimos
contra el heteropatriarcado capitalista, pretenden demoler el sistema actual de
libertad económica y globalización, para implantar el nuevo, "socialmente justo", e igualmente inalcanzable, sistema ecológico-económico-feminista, cuyo pilar fundamental, sigue siendo igual de viejo, inutil y destructor: el control estatal de los medios de producción.
Joker |
Mises había señalado el obvio caracter destruccionista de la ideología comunista. Pero no sólo de esa ideología, sino también puso de manifiesto que tal caracter está muy presente en las versiones socialdemócratas porque sus planes para lograr el ideal utópico en etapas son igualmente insostenibles en la práctica:
"La intervención del Estado en la
economía, la pretendida política económica, sólo ha venido en realidad a
destruir la economía. Las prohibiciones y regulaciones dictadas en su nombre
son obstáculos que han desarrollado el espíritu antieconómico. Ya en el
socialismo practicado durante la [1ª] guerra mundial, esta política económica adquirió
tal amplitud, que toda la economía privada fue estigmatizada como un crimen de
lesa majestad. Sólo gracias a que las leyes y medidas destruccionistas no se
aplicaron hasta el extremo, pudo la producción permanecer semi-racional. Si
esas leyes hubiesen recibido una aplicación más efectiva, el hambre y una
espantosa mortalidad habrían sido en la actualidad el destino de los pueblos.
Toda nuestra vida está impregnada de las ideas destruccionistas hasta tal punto
que sería difícil indicar un campo en el cual no hayan penetrado. El
destruccionismo se enseña en las escuelas, lo predica la Iglesia, lo exalta el
arte «social», y la legislación de los Estados civilizados no ha dictado una
ley de cierta importancia, desde hace décadas, que no haya sido inspirada por
el espíritu del destruccionismo, del cual están colmadas algunas legislaciones".[L,V. M.]
"El proceso inflacionario agrupa a todas las fuerzas de
la economía en el campo de la destrucción y lo consigue
de una forma que sólo un hombre entre un millón es
capaz de diagnosticarlo" (Keynes 1919*)
Destruccionismo [fragmento de "Socialismo"]
La inflación [monetaria]
por Ludwig Von Mises
por Ludwig Von Mises
La inflación es la última palabra del destruccionismo. Los
bolcheviques, con la incomparable habilidad de que dan muestra para revestir su
odio de forma racional y para transformar las derrotas en victorias, han hecho
de la inflación una política financiera propia para abolir el capitalismo
mediante la destrucción de la moneda. Pero si la inflación destruye el
capitalismo, en efecto, no suprime por eso la propiedad privada. Acarrea
grandes cambios en las fortunas y los ingresos, hace pedazos todo el delicado
mecanismo de la producción que se funda en la división del trabajo. [.]. Al
destruir la base del cálculo de los valores, es decir, la posibilidad de contar
mediante un denominador común de los precios que no sea demasiado inestable, al
menos durante cierto tiempo, la inflación arruina la contabilidad monetaria,
que es el auxiliar técnico más poderoso aportado por el pensamiento a la
economía. Mientras no supere ciertos límites, es un excelente sostén psicológico
de una política económica que vive de la dilapidación del capital. En la contabilidad
capitalista usual, que por otro lado es la única posible, la inflación produce
ilusiones de beneficio allí donde en realidad sólo hay pérdidas. La
amortización de las inversiones en capital fijo se reduce mucho, porque está calculada
sobre el valor nominal de adquisición, en tanto que el capital circulante sufre
un aumento de valor aparente, que la contabilidad registra como si fuera real:
de este modo aparecen beneficios donde una contabilidad llevada en moneda
estable habría acusado pérdidas. No basta un procedimiento de esta clase para
remediar las consecuencias nefastas de la política estatista de la guerra y de
la revolución, pero permite disimularlas a los ojos de la multitud. Se habla de
beneficios, se crea la ilusión de vivir en un periodo de gran auge económico, y
hasta se hacen elogios de una política que enriquece a toda la gente. Pero
cuando la inflación pasa de cierto nivel, todo el cuadro cambia. No se limita
ya a favorecer indirectamente la destrucción, enmascarando las consecuencias de
la política destruccionista; se convierte ella misma en uno de los elementos
esenciales del destruccionismo. Provoca que cada individuo devore su
patrimonio; dificulta la formación del ahorro y por tanto la renovación del
capital. Favorece la política fiscal de confiscación. La depreciación monetaria
entraña una elevación del valor nominal de los objetos y por su acción sobre la
valoración contable de las modificaciones del capital hace aparecer aumentos de
ingresos y de capital que justifican nuevas imposiciones fiscales sobre la
fortuna de los poseedores. Los fuertes beneficios que en apariencia realizan
los empresarios [en el periodo de auge], a los ojos de una contabilidad que
supone estable la moneda, constituyen un pretexto excelente para desencadenar
las pasiones populares. Resulta fácil acusar a todos los empresarios de ser
unos «aprovechados», especuladores, parásitos. Y cuando, al final de cuentas,
bajo el creciente alud de las emisiones monetarias, la moneda se hunde
completamente, se origina un caos que proporciona favorable ocasión para
consumar la obra de destrucción.
La política destruccionista del intervencionismo y del
socialismo ha sumido al mundo en una angustia enorme. Los políticos se ven
desamparados ante las crisis que provocan y no encuentran remedio que
recomendar excepto una nueva inflación [monetaria] o, como es grato decir desde
hace algún tiempo, la reflación. Los más moderados piden que la economía se
ponga otra vez en movimiento mediante créditos bancarios suplementarios (es
decir, nuevos créditos puestos en circulación); los más temerarios, mediante la
emisión de nuevos billetes. Sin embargo, la multiplicación de signos monetarios
y de créditos en circulación no hará más rico al mundo y no reconstruirá lo que
el destruccionismo ha deshecho. Es verdad que la expansión del crédito produce,
al principio, un auge en los negocios, una coyuntura favorable. Pero tarde o
temprano esta coyuntura debe conducir necesariamente a un hundimiento o a una
nueva depresión. Los artificios de la política bancaria y monetaria sólo pueden
ocasionar una mejora pasajera y aparente, pero no es por eso menos dolorosa la catástrofe
inevitable que sobreviene. Porque los daños que el empleo de tales medios
ocasiona al bien general son tanto más serios cuanto más haya sido posible prolongar
las apariencias de prosperidad mediante la creación continua de nuevos créditos.
- - - - - - - - - - - - - - - -
*Como bien señaló Hayek, ese era el Keynes de 1919; luego,
sus preferencias políticas le convirtieron en el inflacionista de los años 30.
No hay comentarios:
Publicar un comentario