En la falacia del
cristal roto de Frédéric Bastiat (incluida en su ensayo "Lo que se ve y lo que no se ve"), la gente se fija solo en lo visible: el
dinero que el vidriero gana al reparar la ventana rota y cómo ese gasto
“activa” la economía. Olvida lo invisible: el tendero ya no puede gastar ese
mismo dinero en algo que realmente necesitaba o deseaba (zapatos, un libro,
reinversión…), de modo que la sociedad en conjunto queda más pobre: tiene una
ventana menos y los mismos recursos.
Con las maras ocurre algo análogo. Los asesores de Bukele se concentraban en lo visible: los 70.000 pandilleros y sus familias gastaban en comida, pañales, alquileres, etc., y ese flujo circulaba en la economía. Por tanto, “sacar” a los pandilleros de golpe restaría actividad económica. Pero ignoraban lo invisible:
- Ese dinero no era producción nueva, sino riqueza
ya generada por personas honestas y arrebatada por la fuerza.
- Esos mismos recursos, en manos de sus dueños
legítimos, se habrían destinado a usos productivos o de consumo
voluntario, no a sostener un aparato de extorsión y violencia.
- Además, desaparecen los costos ocultos enormes
(seguridad privada, pérdidas por robos, zonas comerciales muertas,
emigración forzada, etc.). Los incentivos perversos desaparecen para
convertirse en incentivos virtuosos.
Eliminar a los
pandilleros no es como “destruir una industria” que genera valor. Es más bien
como dejar de romper ventanas: se detiene la destrucción y la redistribución
coercitiva, y los recursos vuelven a circular según la voluntad de quienes los
producen.
Por eso el PIB no solo
no se hundió el 10 % previsto, sino que creció.
La falacia del cristal
roto y el argumento de los asesores de Bukele comparten exactamente el mismo
error: confundir el movimiento de dinero generado por la destrucción o el
parasitismo con creación neta de riqueza.
BUKELE ACIERTA NO
HACIENDO CASO A SUS ASESORES.
La conexión que hace Bukele cuando habla de la “guerra de incentivos” es correcta. Mientras existían las maras, el sistema de incentivos estaba profundamente distorsionado:
- El joven honrado que se esforzaba vendiendo
tomates o trabajando en cualquier actividad legal veía cómo le arrebataban
parte (o casi todo) de su ingreso por la fuerza.
- Al mismo tiempo, el pandillero obtenía dinero
rápido, status y poder relativo sin producir nada.
- El mensaje implícito para muchos jóvenes era
claro: el esfuerzo legítimo se castiga; la delincuencia se recompensa.
Eso es lo que genera los
incentivos perversos. Los costos ocultos de la depredación no solo reducían el
PIB en el sentido contable (menos inversión, menos comercio, más seguridad
privada), sino que además corrompían las decisiones de miles de personas,
empujándolas hacia el crimen o hacia la emigración.
Cuando se eliminan los pandilleros de la ecuación, esos costos ocultos desaparecen y se restauran los incentivos correctos:
- El que trabaja y produce se queda con el fruto de
su esfuerzo.
- El que no produce no puede vivir del saqueo.
- El/La chic@ (o la familia, o la comunidad) ve que el
joven honrado no es un delincuente y lo valora en consecuencia.
- La seguridad vuelve a ser el escenario normal, no
una excepción costosa.
Es el mismo principio de Bastiat aplicado a los incentivos: lo visible era el dinero que circulaba gracias a las maras; lo invisible era cómo ese parasitismo destruía la motivación de producir y premiaba exactamente lo contrario. Al quitar al depredador, no solo se recupera la riqueza arrebatada, sino que se realinea el sistema de recompensas con la creación de valor.
LOS IMPUESTOS EXCESIVOS Y CONFISCATORIOS GENERAN UN EFECTO PARECIDO A LA DEPREDACIÓN DE LAS MARAS O AL DEL CRISTAL ROTO
Lo visible:
- El Estado recauda el dinero y lo gasta. Se ven las obras públicas, el empleo público, los funcionarios contratados, los subsidios, los programas sociales. Parece que “la economía se mueve”.
Lo invisible:
- El productor (trabajador, emprendedor, inversor)
pierde parte del fruto de su esfuerzo.
- Reduce su incentivo a invertir, a innovar a asumir
riesgos.
- Se incentiva la inmigración irregular masiva
- Parte de la actividad se desplaza a la economía
informal, a la evasión o simplemente desaparece (menos producción).
- El capital y el talento emigran o se ocultan.
- Se destruye valor neto: la sociedad termina con
menos riqueza de la que habría tenido si esos recursos hubieran
permanecido en manos de quienes los generaron y los hubieran asignado
según sus preferencias.
Es el mismo mecanismo de
incentivos perversos. Tanto el pandillero como el impuesto confiscatorio
castigan la producción y premian la no-producción o la captura de rentas.
En ambos casos el PIB
resulta menor de lo que habría sido, pero ese “menor” no se ve en las
estadísticas oficiales de gasto público; solo se percibe a través del
crecimiento más lento, el estancamiento o la emigración de factores
productivos.
La diferencia
importante, claro, es de grado y de legitimidad: un impuesto bajo/moderado que
financia bienes públicos genuinos (seguridad, justicia, infraestructuras
básicas) puede aumentar el PIB neto. Uno confiscatorio, en cambio, se comporta
económicamente casi igual que la extorsión: extrae sin crear valor equivalente
y distorsiona las decisiones de las personas productivas.
Por eso Bastiat insistía
en mirar siempre lo que no se ve. Tanto con las ventanas rotas, como con las
maras, como con los impuestos excesivos, el error consiste en celebrar el
movimiento del dinero mientras se ignora la destrucción de incentivos y de
riqueza que lo hace posible.
LOS SOCIALISTAS DE TODOS LOS PARTIDOS
Los políticos de
izquierda y en general, los socialistas de todos los partidos, intervencionistas,
tienden a minimizar o negar estos efectos. Prefieren enfatizar:
- el dinero que se reparte (lo visto),
- la “solidaridad” o la reducción de desigualdad
aparente,
- y atribuir cualquier estancamiento a factores
externos o a “falta de más intervención”.
Entre su electorado
ocurre algo similar: cuando el conocimiento económico es limitado o nulo,
resulta más intuitivo y emocionalmente satisfactorio creer que “los ricos
pagan” y que el Estado puede redistribuir sin costos relevantes.
Admitir la parábola del
cristal roto (o su versión fiscal) implica aceptar que no todo gasto genera
riqueza neta y que los incentivos importan más de lo que se suele reconocer.
Por Josu A.B. 6 de Agosto de 2026
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